Para recuperar espacios degradados como consecuencia del abandono de tierras antes roturadas por la dificultad de acceso con medios mecánicos, y afectadas por la erosión, se ha procedido a la repoblación con pino carrascos. Podemos citar el pinar de la pinarosa en Ariño aprovechando las barrancadas y umbrías de la sierra de Arcos y sus estribaciones, o el pinar de los Molares que ocupa las vallonadas y laderas del río Seco y barrancos afluentes entre Oliete y Alcaine.
El clima mediterráneo continentalizado fruto de la inmersión a través del valle del río Martín en un ambiente montañoso, pobre en recursos hídricos y con fuertes contrastes de temperatura entre el día y la noche, permite la existencia de sabinas, localizándose algunas comunidades importantes de sabina negral en diferentes puntos del Parque y adaptándose a abruptos roquedales, acompañadas de enebro en muchos casos. Sin embargo menos frecuente, pero más espectacular es la sabina albar, localizándose algunos pies dispersos y monumentales por el Parque, entre los que destacamos los ejemplares de San Pedro en Oliete y la Dehesa en Alcaine, entre otros.
Por otro lado, la vegetación propia de ribera es abundante, configurando una orla estrecha y discontinúa en las márgenes del río Marín, predominando el chopo, sauces, fresnos, olmos, juncales y zarzales destacando los tamarices en la cola del embalse de Cueva Foradada, que configuran un pequeño bosque de enorme importancia ecológica, y en muchos barrancos tributarios y charcas donde domina la vegetación higrófila.
Otro aspecto a destacar son las manchas «ordenadas» de vegetación cuyo origen lo encontramos en la necesidad de producción alimenticia del hombre a través de la agricultura, encontrando las plantaciones de ribera (cultivos hortícolas y frutales) y las plantaciones de secano (cultivos de cereal, de vid, olivos y almendros).


